en el tren

Cuando era estudiante periódicamente hacía el trayecto en tren desde mi pueblo a Granada y viceversa. Eran trayectos de algo más de doscientos kilómetros pero duraban eternidades que iban de seis a nueve horas, dependiendo de las condiciones climatológicas, del estado de las vías, de las paradas y su duración, etc.
Lo cierto es que eran viajes largos e incómodos que yo soportaba estupendamente porque era muy joven, porque todo lo que fuera salir de casa adquiría un aire delicioso de aventura y porque me leí en esos viajes todas las novelas de Agatha Christie.
Y porque, además, a veces sucedía.
Algunas veces tenía la suerte de coincidir con algún chico que me gustara, y entonces el viaje interminable se iba en un suspiro y siempre llegaba a Granada mucho antes de lo que quería, mucho antes de todo. O me tenía que bajar de pronto en el andén del pueblo, con sensación de dejar algo muy importante en el tren, algo que seguía su camino, inconmovible a mis quebrantos.

Siempre que viajo en tren pienso que hay prodigios revoloteando sobre los viajeros. Que alguien se va a enamorar (ya hace tiempo que dejé de pensar que yo me iba a enamorar en un tren, nuevamente). Sin embargo enseguida me doy cuenta de que el prodigio lo tiene difícil.
Ahora veo vagones llenos de gente aislada en su mundo de telefonía móvil y ordenador donde van ocupando el tiempo del trayecto para trabajar. Ahora tratar de entablar conversación en el tren podría ser incluso un acto de descortesía.

lineas no rectas

Absurda e incongruentemente, cuesta mucho soltar lastre.
Debería ser algo fácil y hasta alegre dejar caer los pesos muertos que nos atan a realidades mediocres, turbias, pobres, indeseadas, etc. Pero no es así. La losa (aunque nos pese, aunque incluso a veces nos aplaste) forma parte de nuestros días de manera tan “natural” que cuesta un esfuerzo heroico apartarla. Y no sabemos. Y lo vamos haciendo poco a poco, dando pequeños empujones que la desplacen, saliendo a respirar y recuperar fuerzas para dar el siguiente y, entretanto, la piedra se ha resituado otra vez…
Quieres apartarla de ti y un día lo consigues. Lo consigues porque la piedra decide “caerse” y tú al mismo tiempo te pones contenta y muy muy triste. Y pasas el tiempo esperando que ese peso vuelva a caerte encima para sentirlo ahí, aunque te duela.
Ciertamente “…el corazón humano no puede ser una linea recta…” o algo así decía Blanche Du Bois.

violeta y amarillo

La alfombra de color violeta ácido de las flores de las jacarandas ya va desapareciendo de las calles. La mayoría, pisoteadas durante todo mayo, son una pasta pegada a las baldosas y al asfalto; aún quedan pequeños charcos en violeta vivo alrededor de algunos troncos.
Hoy llovían flores amarillas de otros grandes árboles cuyo nombre desconozco.

El día transcurrió violeta y amarillo. Un concierto de Mozart. Unos niños. Un parque.

El resto puro desperdicio: llamadas estúpidas, decepciones, frustraciones, cabreo, silencios sin sentido y palabras con menos sentido… y todo procedente del mismo foco tóxico del que no sé prescindir aunque mi cuerpo lo pide a gritos.

Hijos

El mayor de mis hijos nació muerto. Era un niño. Estaba todo hecho, su cuerpo perfectamente formado y entero, pero muerto. El médico me dijo que llevaba bastante tiempo muerto y que me podía consolar pensando que yo misma no me había muerto de milagro por la muerte prematura de mi hijo en mi cuerpo.
A mí no me consoló nada saber que le había sobrevivido. Me consoló, algún tiempo después, iniciar un nuevo proceso de gestación.

Ese segundo embarazo fue feliz, me llenó de una esperanza jubilosa y me mantuvo los meses que duró en un trance cercano al éxtasis. Nació mi segundo hijo, una niña, un día nueve de abril, un día lleno de luz y de vida. Era una niña preciosa, rubita y sonrosada, gorda y tierna y con la mirada azul celeste de los ojos de mi madre. Pedí que la inscribieran con el nombre de mi madre, su abuela.
Me enamoró mi hija, y la disfruté con verdadera pasión los cinco días de vida que tuvo. Cinco días. Mi hija murió con cinco días, en su cunita, de una muerte súbita del recién nacido, me dijeron.
Me encerré en un mundo de dolor del que salía a ratos para entrar en mundos de novelas llenos de mujeres rusas y francesas cuyos dramas yo podía y quería soportar.

Ajena al mundo real de mi casa, tuve un tercer embarazo enseguida. La tercera de mis hijos fue otra niña y nació el diez de abril del año siguiente, un año y un día después de su hermana muerta. Ese fue un embarazo triste, rechazado, y mi hija fue una niña triste. Nació muy débil y muy pequeña, apenas sobrepasaba los 2 kilos y tenía una cabecita del tamaño de una naranja, con ojos oscuros que se fueron oscureciendo más con el paso del tiempo. Porque esta hija sobrevivió. Yo seguí tan triste cuando nació como antes, no quise mirarla demasiado, no decidí su nombre, me la puse al pecho por orden de mi madre. Mi hija se aferró a la vida como se aferró a la leche que la nutría, agarrando la teta con boca y manos diminutas y poniendo en ello un ahínco que crecía conforme se afianzaba mi indiferencia por su crianza. Mi tercera hija nació con la energía de los supervivientes.

En cuanto pudo, mi madre la liberó de mi desgana y se ocupó de su cuidado.

Yo seguía leyendo novelas, y flotaba entre paisajes fríos llenos de cúpulas acebolladas cuando me enteré de mi siguiente embarazo. Misteriosamente, de pronto reviví al tiempo y espacio reales para ensimismarme en mi nuevo estado gestacional con el entusiasmo de los dos primeros, y definitivamente olvidé a la hija intermedia triste e inoportuna.

En su momento tuve a mi niña, la cuarta y última ya. Me dediqué a ella como antes me había dedicado a Emma Bovary, con exclusión de todo lo demás.

Cuando me vine a dar cuenta, un día me dijeron que la mayor se iba a un internado a estudiar, y entonces…

Celebración

Hoy es mi cumpleaños.
Nunca lo celebro. No es un mérito mío, simplemente paso por la vida o pasa por mí la vida que me corresponde.
Los últimos años esta fecha la paso vagabundeando por alguno de  los Caminos de Santiago. Suelo tomar chocolate y churros si los encuentro en el sitio donde esté.
Hoy me ha cogido en casa.
Me he despertado a las 2.30 horas, he puesto café y me he tomado dos tazas, he leído un rato y he visto la película “Alguien voló sobre el nido del cuco”.
Una persona que me quiere mucho (aunque ella no lo sepa o finja que no lo sabe) me ha felicitado en los primeros minutos del día y me aconseja que me compre una tarta y sople una vela. Lo haré, celebraré mi cumpleaños con ella y con varias personas más en mi corazón.
Amanece.
Trataré de dormir un poco.

Molinillos de viento

Pedro debe tener unos cien años, es silencioso y muy serio. Fue pescador toda su vida y ahora pasa las tardes en el puerto, sentado en una silla frente a la rampa de entrada y salida de barcos. Mientras mira los barcos y el mar, el cielo, los movimientos de las nubes y el vuelo errático de las gaviotas hambrientas, hace unos molinillos consistentes en tres palitos. Es un artilugio muy simple: un palo con ranuras transversales que lleva uno pequeño en el extremo, sujeto con una pua, y otro palo liso que sirve para frotar el rayado. Al darle, arriba y abajo de manera continua, empieza a girar el palito transversal. Eso es todo.
Pedro se pasa los días haciendo ese juguete, no sé los que tendrá. A su lado hay un cesto con un montón de molinillos de viento. Cuando no los fabrica se dedica a hacerlos girar, jugando.
Cuando lo vi me paré a mirarlo y luego me acerqué. Hablamos poco, pero me permitió quedarme a su lado. Luego me regaló dos molinillos.

En el camino

Una mujer rubia, al lado de una senda, preguntaba a todos los que pasábamos por allí: Mon marì, où est mon marì? Y nadie sabía darle norte de su marido al parecer perdido.
Con el paso de los días nos fuimos conociendo algunos de los peregrinos. Normalmente se hacen etapas similares, se duerme en los albergues públicos, se coincide en muchos puntos a lo largo de los recorridos, en definitiva. Así, entre unos y otros, supimos enseguida que monmarì iba andando el Camino de Santiago mientras que su mujer conducía una roulotte y quedaban en lugares concertados de antemano, como algunas intersecciones de la carretera con la senda de caminantes, o algún punto emblemático concreto. Pero por alguna razón ellos no se encontraron una de las veces y la mujer recorría en su roulotte las carreteras buscando al marido caminante.
Hasta San Juan de Ortega no vimos a la mujer relajada abrir la puerta de su roulotte y hablar con alguien que pasaba cerca. Y entonces conocimos a monmarì, un hombre pequeño y afable que iba de grupo en grupo saludándonos a todos. Parecía que hiciera una especie de control de los peregrinos, como un pastor recontaría su rebaño; iba sonriente y constatando que todos estábamos en aquella plaza. No supimos por dónde habría caminado monmarí para no haberlo visto ninguno de nosotros en esos días, pero lo cierto es que reapareció para alivio de su mujer y, casi casi, del resto de caminantes de esas etapas.
Es sólo una pequeña anécdota. A veces recuerdo la cara de angustia de la mujer y su frase, siempre la misma: “monmarì, où est monmarì?”
En el camino hay tantas anécdota como cada cual quiera recordar. Yo me enganché a ese vagabundeo puntual a partir de esas primeras etapas por el camino francés.
Aún sigo caminando. Siempre que puedo salgo a recorrer los caminos.

“que no vale la pena andar por andar…”

Piedras pequeñas