En el camino

Una mujer rubia, al lado de una senda, preguntaba a todos los que pasábamos por allí: Mon marì, où est mon marì? Y nadie sabía darle norte de su marido al parecer perdido.
Con el paso de los días nos fuimos conociendo algunos de los peregrinos. Normalmente se hacen etapas similares, se duerme en los albergues públicos, se coincide en muchos puntos a lo largo de los recorridos, en definitiva. Así, entre unos y otros, supimos enseguida que monmarì iba andando el Camino de Santiago mientras que su mujer conducía una roulotte y quedaban en lugares concertados de antemano, como algunas intersecciones de la carretera con la senda de caminantes, o algún punto emblemático concreto. Pero por alguna razón ellos no se encontraron una de las veces y la mujer recorría en su roulotte las carreteras buscando al marido caminante.
Hasta San Juan de Ortega no vimos a la mujer relajada abrir la puerta de su roulotte y hablar con alguien que pasaba cerca. Y entonces conocimos a monmarì, un hombre pequeño y afable que iba de grupo en grupo saludándonos a todos. Parecía que hiciera una especie de control de los peregrinos, como un pastor recontaría su rebaño; iba sonriente y constatando que todos estábamos en aquella plaza. No supimos por dónde habría caminado monmarí para no haberlo visto ninguno de nosotros en esos días, pero lo cierto es que reapareció para alivio de su mujer y, casi casi, del resto de caminantes de esas etapas.
Es sólo una pequeña anécdota. A veces recuerdo la cara de angustia de la mujer y su frase, siempre la misma: “monmarì, où est monmarì?”
En el camino hay tantas anécdota como cada cual quiera recordar. Yo me enganché a ese vagabundeo puntual a partir de esas primeras etapas por el camino francés.
Aún sigo caminando. Siempre que puedo salgo a recorrer los caminos.

“que no vale la pena andar por andar…”

Límites ilimitados

La aldea limita al norte con el bar de Paco, antiguo pescador reconvertido (según explica, ufano) al sector que nunca falla. Paco deja el bar solo muchas veces porque le gusta irse unos metros más allá y quedarse contemplando los farallones frente a la costa escarpada. Fuma y mira. A veces va a buscarlo allí alguien que quiere tomar algo en su bar.

Al sur limita con la tiendecita del chino que se hace llamar Miguel (es un nombre que le gustó desde el principio, desde que llegó a España y, bajando bajando, llego a este rincón y puso negocio). Miguel expone su mercancía entre el minúsculo local y la acera, que rebosa de objetos inútiles en colores chillones. También deja la tienda sola a ratos, mientras se prepara el té o la comida. Tiene para esas ocasiones un cartel pidiendo correctamente que cojas lo que necesites y dejes el dinero en el platito azul que señala con una flecha.

Al este, en las antiguas casitas de pescadores que tocan la arena, viven familias de origen magrebí con montones de niños que hablan un perfecto andaluz lleno de matices africanos y son seguidores del Betis en su mayoria.

Al oeste nos cerca la sierra pelada y arisca, perforada de pozos y chimeneas de antiguas minas.

Cuando vuelvo a mi casa al atardecer saludando a todos estos vecinos, me siento cosmopolita. Y afortunada.
Me gusta este pueblo tan perdido.
Y tan encontrado.

rosas y caracolas

Las rosas (ya completamente marchitas) siguen en los floreros. No sé por qué no me decidía a retirarlas.
Hoy estaba leyendo en el sofá cuando de pronto un aire ha desprendido los pétalos, que han revoloteado (secos y sueltos) por encima de mí antes de caer al suelo.
Me levanté y anduve sobre ellos, que se lamentaban con una especie de chasquido suave, como el de caracolas pisadas por pies desnudos.

adiós al pequeño compañero

Nació en el parque, o fue tirado al parque al nacer, tando da.
Lo cierto es que alli lo encontró mi hija una noche de invierno. Era el único cachorro vivo de una camada sin madre. Lo llevó a casa metido en uno de sus calcetines y bajo el jersey. El gatito apenas tenía dos o tres días, una bolita menuda y delgada de pelo negro con manos, pies y barbilla blancos. Protesté, pero me quedé con él.

Costó sacarlo adelante alimentándolo con leche diluída en agua, en dosis minúsculas: a cada ratito le daba unas gotas. Luego cada vez más leche, luego iba solo al plato…

Desde el primer momento quedó claro que era un superviviente.

El gatito crecía, empezaba a jugar y a reconocerme. A seguirme mordiéndome el filo del pantalón, de manera que a veces parecía que yo acarrease por la casa una mopa.

Se hizo grande y fuerte. Aprendió a cazar un simulacro de pájaro azul que yo le lanzaba; aprendió a atacarme desde detras de la aspidistra, a morderme el codo si pasaba cerca de su lugar de descanso (la encimera de la cocina, la mesa del comedor, la tabla de la plancha…) Se convirtió en un felino en toda regla.

Y en un compañero maravilloso y tenaz. Si quería estar solo dejaba claro su territorio y su retiro. Pero si quería un acercamiento ponía su cabeza sobre la página del libro que yo estuviera leyendo en ese momento, de modo que me hacía optar entre echarlo y seguir leyendo o cerrar el libro y jugar un rato. También se tumbaba sobre el teclado de mi ordenador buscando mi calor o el de la máquina, era igual. Lo cierto es que me obligaba a elegir. No siempre lo elegía a él. Pero él siempre sabía lo que era importante: el sol, el calor, mis manos, su comida…

Manteníamos una distancia-cercanía equilibrada. Los dos somos (éramos) muy felinos.

Ayer se fue mi pequeño compañero. Llegó a mi vida de una manera suave y apacible y así la ha dejado. Se fue despacito, sin aspavientos ni estridencias.

Me dejó un poco más sola, un poco más triste…

Ayer, hoy, durante algún tiempo lo buscaré a mi alrededor, esperaré su salto desde detras de una puerta (tan gato siempre), esperaré su caricia muda en mis manos y mis piernas, esperaré su peso leve sobre mi vientre cuando me tumbe a leer o a dormir. Lo esperaré y no vendrá.

Gracias, compañero, tu presencia en mi vida estos diecisiete años ha sido un regalo precioso y un aprendizaje permanente.

Aceras en las plantas de los pies

Preparé mi bolsa en automático:
algo de ropa, algo de desesperanza.
Le conté a mi gato que nos íbamos
juntos de viaje
de nuevo.
Protestó con un maullido
lastimero.
La casa está fría.
La felicidad es muchas veces
unos calcetines de lana con los elásticos flojos
una taza de café
o encontrar un libro de Cernuda que creía perdido…
Y leer con el gato al lado
y mi vieja manta roja desflecada.
Y terminar los días
con las aceras pegadas a las plantas de los pies.
No es tan descabellado
después de todo.

sombras

Lo peor de todo, mirar hacia atrás en el vacío.
El vacío y mi miedo a saberlo ahí.
Ya nada se puede con él: está.
Un agujero negro de mi presente, que trata de agarrarse al asidero del futuro para no ser tragado. Ese asidero es muy frágil, si es que existe.
Enganches con los fantasmas, algunos ya amigos.
Algunos, por momentos, imprescindibles.
Las desazonadoras ausencias y mis ilusiones como rémoras.
Ilusiones que “nacen ya con forma de recuerdo”, pero del recuerdo de una sombra tras el cristal, una sombra que está en el lado oscuro de mi ordenador.
Dulces, dulces sombras consoladoras, arrolladoras, desquiciadas, desquiciantes.
Amargas sombras.

 

 

zumbidos

Hay días que parecen sucios, arrugados, desganados, moribundos…
Escuchas a tus células morirse y despegarse de tu piel y de tu pelo,
te llega el zumbido de sensaciones que no acaban de cuajar,
los minutos se estrellan en el silencio, quedan aturdidos un momento y huyen luego en desbandada, atropellándose con estrépito, agotando las posibilidades…
El reloj de la cocina sigue su curso ciego, golpeando minuto a minuto el muro del tiempo.

Piedras pequeñas